
Toc, toc, la niña golpeó en la pared.
Toc, toc, venga que ahí dentro hace frío.
Toc, toc, vayamos a jugar.
Y fue cuando ella despertó de su invierno, que creía perenne,
para poder contemplar las flores del cerezo.

Estuvo ahí, siempre, perenne con su color azul y su aspecto de indiferencia. Pero ayer cambió, eran demasiadas las tejas caídas, la pintura desconchada, la pregunta curiosa del porqué todavía seguía en pie. Quizás fue esa luz roja que encendió su último día, una habitante incógnita que anunciaba su marcha con nubes pesadas, llamando en nuestras cabezas para dar paso a un nuevo espíritu.
Un corazón veloz, un músculo lleno de fuerza que sube, que se revuelve ante las nubes negras, la suciedad incrustada en las paredes carnosas. Un corazón rojo que lucha y una ventana roja que mira y se cuestiona porque a veces unos dejan aparcados sus latidos en aceras azules, cargadas de piel y soledad.



Suenan los fuegos artificiales, de lejos se escucha la fiesta y Ghulam sonríe. Mientras Ghulam pasea se esparce su sabía infantil por las esquinas de piedra y calor, por los colmados que exhiben cordero o pastelitos con olor a miel y frutos secos. El está lejos de su mundo y lo sabe, pero estas calles extrañas con farolillos ahora son las suyas y las abraza tan fuerte que apenas las ve, no quiere que se le escapen. Por eso corretea seguro siguiendo la melodía pegadiza, dejando su huella de niño, acercándose a esas bombas hipnóticas que lo arropan.
*El Raval. Barcelona.

Duérmete, que las horas sortean sin escrúpulos los recuerdos pesados, que durmiendo uno no siente el frío, la luz que despierta, el ruido que atonta, que soñando se llega un poco más rápido al paraíso de los perdidos. Por eso te dejas caer con los pies descalzos, aunque el resto no lo vea, aunque nunca un triunfo sin contar sea del todo un triunfo.













Wolfgang soñaba con mirar por una ventana azul. Abandonar los charcos que se meten descuidados por los zapatos rotos y dejarse bañar por las aguas cálidas de su imaginación. Por eso Wolfgang nunca paraba de buscar esa imagen tantas veces dibujada, la perfección, las cuatro líneas que enmarcaban el paraíso de sus ojos. Un día lo encontré con su diario de abordo, trazaba con gestos rápidos cada uno de sus itinerarios, los intentos apasionados por alcanzar esa habitación inexistente. Y es que a su alrededor siempre revoloteaba esa ventana azul, un deseo constante que, sin darse cuenta, dejaba estelas de belleza en todo aquello donde posaba su mirada escrutadora.




